Sus ladridos se oían desde lo más alto de las montañas y hacían temblar cielo y tierra. Corría y corría tanto como sus cortas patas le permitían; inspiraba y expiraba a toda velocidad, al compás de los latidos de su emocionado corazón; la lengua le colgaba en un extremo de su boca, transpirando felicidad. Estaba muy cerca, lo presentía. Su menuda y húmeda nariz se empezaba a llenar de ese olor tan familiar y agradable, se hacía cada vez más fuerte, más intenso… De repente, lo vio. Tan sólo era un destello en aquel umbral verde, entre las miles de hojas que coronaban los árboles del bosque, pero era lo que buscaba; estaba seguro. Cuando estuvo lo suficientemente cerca agachó la cabeza y clavó sus ansiosos colmillos en el objeto que tanto había anhelado. Dio media vuelta y echó a correr otra vez hacia el lugar donde había empezado la búsqueda. Entonces oyó un grito, una voz familiar que le llamaba por su nombre. Pocos instantes después los alaridos tomaron la forma del cuerpecillo de un niño que le saludaba con la mano. Dejó el objeto bajo los pies del chico y éste le acarició la cabeza con ternura. El animal levantó la vista y buscó los ojos de su amo, que le dedicó una sonrisa. Él le correspondió con un gruñido, y de nuevo vio sobrevolar el objeto y sus garras volvieron a trazar líneas velozmente en la tierra.
(LAIA OLIVÉ)
El día de caza
Aquella mañana John se había levantado temprano para salir de caza con su perro Kast, uno de los mejores perros de caza de que disponía. No era un perro de gran tamaño ni tampoco aparentaba ser muy feroz, pero en cuanto localizaba una presa, ésta ya no se le escapaba. Tenía el pelo de color marrón tirando a gris y no demasiado largo, sus patas no eran muy largas pero podía correr a gran velocidad.
Lo más peculiar de Kast era el hecho de tener solo una oreja. Un día que había salido a cazar, un jabalí le arrancó la oreja izquierda con los colmillos y, a pesar de eso, él nunca había temido salir de caza, era un perro valiente, que no temía a la muerte.
Era una mañana fría y el bosque estaba inundado de niebla, apenas se distinguía nada a cinco metros, pero John y Kast no se rendían, querían salir del bosque con un animal muerto que no fuera un ratón o una ardilla.
Kast había olfateado algo, John lo pudo intuir solo con mirarle. Los dos empezaron a correr en dirección al río. Al llegar creyeron ver un jabalí que estaba bebiendo agua en la otra orilla. Apenas se distinguía su silueta. John sacó su escopeta, cogió aire, apuntó y disparó, pero no le había alcanzado. Al oír el disparo, el jabalí empezó a correr. Kast se tiró al río, lo cruzó y empezó a seguirlo hasta donde John pudo ver.
John volvió no solo sin un animal muerto, volvió sin ningún animal.
(Jaume Benet)
HISTORIA DE UN PERRO
Fly era un perro que vivía en Nueva York. Era un Pastor alemán con una pequeña mezcla de Husky, es decir, con todo el lomo inferior blanco como la nieve y el resto de distintos colores, entre los cuales destacaban el castaño, el negro, el marrón y el marrón claro. Era un macho de 2 años, y tras pasar esos años con sus dueños, finalmente tocaba cambiar de ambiente, exactamente en Madrid, España.
Para él no sería fácil ya que eso suponía pasar de un recinto de 500 metros cuadrados a un patio de 100. Sería un enorme cambio para todos.
Una vez en Madrid, pensó que tampoco estaba tan mal porque aparte de su patio, había otro comunitario que era tres veces mayor que el suyo y ahí se encontraban los perros de los vecinos.
Hizo muchos amigos: Luna y Shirkan, dos cockers de color negro como la oscuridad y Buck, un mastín de color castaño.
(AXEL GARCÍA)

